Most people fear change—not just conservatives, but also liberals. But what we need now are folks who are willing to take risks, willing to fight for change, willing to create a vision for tomorrow. When we do not support and protect these folks, we stagnate. Innovative thinkers and teachers, like writers and artists, move us forward. When our institutions become hostile toward innovative thinking and new ideas, they—and the people who produce them—don’t disappear. They go elsewhere. The best thoughts are not happening on our campuses, they are happening elsewhere.

Las redes sociales y el valor de un medio

Así está la cosa: justo cuando ayer el blog de la redacción de Nexos publicaba el artículo que me pidieron sobre un artículo de León Krauze en Milenio, yo preparaba un texto sobre medios sociales que me había pedido mi ex-alumno Pablo Duarte para el blog de Letras Libres. Como todo mexicano, conozco la antipatía Nexos/Vuelta-Letras Libres desde niño, en que mi inteligencia de 8 años los pensaba tan incompatibles como Marvel y DC.

Por supuesto temí que mi crítica al texto firmado por Krauze en mi artículo de Nexos podría resultarles incómodo a Letras Libres, sobre todo cuando mi colaboración versaba sobre un tema parecido y que mi posición era precisamente que el valor de un medio no lo da la “credibilidad” sino otros factores (en muchos casos, la jerarquía de la que goza en un contexto cultural determinado). Precisamente, en la práctica se comprobaba mi hipótesis general, que los medios establecidos (que llamé una “jerarquía pre-Internet”) están todavía demasiado preocupados por proteger sus propios intereses como para enfrentarse a los paradigmas de apertura y colaboración que el Internet propone teórica y pragmáticamente. El caso es que mi texto (lógicamente quizás para muchos) no se publicará ya en Letras Libres. Mejor síntoma de lo que quería explicar no puede haber.

Para mí, sinceramente, la diferencia entre publicar en el blog de cualquier revista a hacerlo yo mismo en este medio por ejemplo no es mucha. (Si la hay, acaso, es sólo de índole temporal). La experiencia me recordó una artículo que me gustó mucho cuando salió.  Hace unos meses, Zachary Seward, entonces del Nieman Journalism Lab de Harvard, le preguntó a Eric Schmidt, el CEO de Google, cómo se distinguía entre blogs de medios establecidos y blogs ciudadanos. En esa entrevista, Schmidt respondió:

It’s not the technology. My guess is — again, I’m speculating, which is always a mistake — it has a lot to do with the infrastructure around the writer. So a blog that’s associated with a major, legitimate organization — of which, I think, the majority, if not everyone, in the room is associated with — would be, I think, treated differently than an individual blogger who’s using his or her right of free expression to say whatever he thinks. So the presence of an editor, as an example. You know, an editor that’s not your mom.

Sé que Krauze hijo usará el espacio del blog de Letras Libres para publicar una respuesta a mi post de Nexos de ayer. Su derecho de réplica es legítimo. También sé, como él, que su respuesta tendrá más fuerza en ese foro que si lo hiciera en su blog (que ignoro si tiene) o en el propio Milenio. Lo que me queda claro es que la diferencia esencial (o diferencia de, digamos, “valor”) entre lo que publique él y este post mío que reproduzco aquí no es necesariamente la presencia o no de un editor.

Las redes sociales y la urgencia de hacer “clic”

Ernesto Priego

Cada época tiene sus propios “tiempos interesantes.” Éstos son los nuestros. Tuve mi primera computadora personal ya en edad adulta, por lo que no soy un “nativo digital” (el término es de Marc Prensky y data del 2001). Sin embargo, en cosa de 17 años he podido experimentar en carne propia cambios bastante radicales, definidos por la forma en que usamos computadoras y otros aparatos. Recuerdo por ejemplo un artículo que escribí para una revista en 1996 sobre el “chat”, que en ese momento tenía aterradas a las buenas conciencias que veían en la práctica una interrogación peligrosa de concepciones “estables” de identidad.  Las ansiedades que la interacción en línea causaba en ese momento reflejaban qué tan cosificadas estaban esas nociones imperantes. Una práctica social, comunicativa y textual,  facilitada por un recurso tecnológico, ponía en crisis una serie de fundamentos heredados y asumidos casi siempre de forma acrítica. Como en el famoso cartón del New Yorker, (Julio 5 de 1993: 61) “en el Internet,” decía un perro frente al monitor, “nadie sabe que eres un perro… “

Desde 1993 han pasado muchas cosas y sin embargo, si uno se guía por la mayoría de los artículos periodísticos que hablan de “redes sociales”, la cosa no ha cambiado tanto. Debería ser una necedad subrayar que los cambios tecnológicos son causa, expresión y consecuencia de fenómenos más amplios que ellos mismos. Una visión lineal y sin complicaciones es incapaz de siquiera acercarse a las complejidades de los cambios históricos. La tecnología, en este caso las computadoras y las formas en que interactuamos con y en ellas, sólo puede interpretarse interconectando procesos culturales, políticos, económicos y hasta fisiológicos. Es fácil reírse de las visiones que sobre el futuro se expresaron en el pasado desde el presente; ¡qué hilaridad causa leer que hace una década había quien se asustaba por los blogs y la confusión de lo público y lo privado, lo amateur y lo “profesional”! Por eso es importante recordar que una fenomenología de la interacción humano-computadora sólo puede darse desde la conciencia de esa particular posición espacio-temporal del aquí y ahora, sin embargo también inspirada por el deseo de construir el porvenir.

Los dos párrafos anteriores son extensas postergaciones del tema que quiero discutir en este espacio, pero obedecen a esta preocupación por encuadrar las sutilezas de la problemática. Es febrero del año 2010 y parece que ha pasado un milenio desde que el planeta escuchó de una red social en línea llamada “Facebook”, y también distante parece ya la popularización del nombre “Twitter.” Aunque es posible que sigan siendo desconocidos por una importante sección de la población mundial, ambas “redes sociales” o “medios sociales,” como también se les llama, son para muchos el pan de todos los días, tan normal como lo fuera en su momento para otras generaciones el correo, el telégrafo, el teléfono o la televisión.

Es en este contexto que es vital que la crítica a las tecnologías de intercambio de información actuales trascienda la tecnofobia característica de quienes se ven intimidados por la posibilidad de perder su autoridad (editores, periodistas, políticos, escritores, académicos atrapados en esquemas empolvados, que padecen una suerte de analfabetismo digital funcional de segundo grado). La crítica de los medios digitales es una disciplina específica que requiere de especialistas cuya formación no sólo sea empírica sino también teórica. Todos comemos y apreciamos la comida, pero no todos estamos calificados para la crítica gastronómica. Del mismo modo, la descripción de procesos culturales ligados específicamente al desarrollo de las tecnologías digitales requiere de especialización, y tiene que darse desde el entendido que en el último análisis, como lo advertía Frederic Jameson, todo al final es político.

Dónde se dicen las cosas importa tanto como el qué se dice, pero los valores que adjudicamos al dónde y al qué son variables y contextuales. En su momento el establishment gritó en horror ante Wikipedia, pero es un hecho constatable que en años recientes se ha convertido en referencia estándar para definir criterios en exámenes de doctorado, evaluar la importancia de una publicación y tomar decisiones en los comités editoriales de revistas académicas (Anuradha y Usha 2006; Hendler 2008). Los medios sociales en línea son y serán el campo de batalla mediático, académico y social done se debatirá el presente, y se construirá el futuro. Esto no es una verdad impuesta ni un slogan propagandístico; simplemente hay que asomarse a otras realidades más allá de las inmediatas. Negarles su importancia es tan ingenuo como adoptarlos sin reservas.  No hay tiempo para esperar a que los editores decidan la pertinencia de publicar este o aquél texto. El momento es ahora. Antes los periódicos perdían valor al día siguiente; ahora las opiniones y las noticias pierden relevancia en cuestión de minutos. No hay tiempo que perder. Hay que hacer clic urgentemente.